ESPIRITUALIDAD DE LA MADRE GEORGINA FEBRES CORDERO TROCONIS


En cuanto a su vida espiritual, fue una mujer dedicada a la oración y a la adoración eucarística. Hay muchas cosas que decir sobre ella, presentamos una carta del 06 de Julio de 1925 enviada por su director espiritual Monseñor Clemente Mejía, sintetiza la vida espiritual y demás virtudes de la Madre Georgina Febres Cordero Troconis:
“La Reverenda Madre Georgina, fue una mujer fuerte, excepcional en estos desgraciados tiempos que alcanzamos, de una voluntad fuertemente decidida por el camino del bien, que hubiera realizado muchas cosas buenas si el medio ambiente no le hubiera obstaculizado. Conocí su gran espíritu desde los principios de su conversión, como ella lo decía con mucha gracia, lo bebía con ahínco en la gran Santa Teresa de Jesús, cuyas obras siempre leía y aún meditaba. Poseía grandes conocimientos ascéticos y místicos. Su piedad verdadera, con las características de varonil, como debe ser, era capaz de entusiasmar a todos los sacerdotes en las grandes luchas de la conversión de las almas. Alma blanca y grande. Acepto gustosamente todas las nobles manifestaciones de su agradecimiento por lo poquito que pude hacer en la muerte de la gran Madre Georgina Febres Cordero: ella se lo merecía todo y mucho más. ¡Que descanse en paz la noble religiosa!! Yo desié (sic) hacer todo lo que se merecía la Reverenda Madre Georgina; pero no me fue permitido sino confesar públicamente que fue virtuosa toda su vida y que fue la genuina fundadora de la Congregación de Hermanas de Santa Rosa de Lima, hoy Hermanas Dominicas de Santa Rosa de Lima.”

Todas las virtudes que practicó la Madre Georgina, aunado a lo que significa su vida de sacrificio y entrega, ha suscitado en los últimos tiempos un sentimiento colectivo que se evidencia más que nunca no solo en la perennidad de su obra, que es la obra de Dios; sino en la expansión, consolidación y vitalidad vocacional que experimenta la Congregación de Hermanas Dominicas de Santa Rosa de Lima. Hoy como ayer se ha conservado el ideal primero en el cual la Madre Georgina manifestó una continua preocupación por los pobres, asumiendo su opción preferencial en la atención de los niños, los enfermos y los ancianos.
Más que testigos, tenemos la obra de Dios en ella y su total disponibilidad para aceptar con intenso amor todo lo que fuera mayor gloria de Dios y bien del prójimo.

“EL NOS AMO PRIMERO”
(2. Jn. 4.19)


“Nunca olviden las Hermanas que han de ser perfectas imitadoras de Jesucristo en todas las virtudes, pero de un modo especial en la obediencia en que tanto se distinguió el que pudo decir la verdad: Que no había bajado del cielo a hacer su voluntad sino la de su Padre Celestial que le había enviado.
Esta fue la consigna de la Madre Georgina Febres Cordero T. para la Congregación. (Normas de Santidad. Pág. 3.1)
Insistía en que el camino para la transformación en Cristo consiste en la conformidad de nuestra voluntad con la de Dios y en la práctica de las virtudes, todo hecho expresamente para imitar a Cristo. Esto supone un gran amor, pues no se imita lo que no se ama.

FE




La vocación y la fe de Abraham pudo haber sido un ejemplo y estímulo para la Madre Georgina, pues hay entre los dos gran similitud: “Deja la parentela y la casa de tu padre y vete a donde te mostrare” (Gen. 12.1 ss.). Georgina, oyó la voz de Dios: lo dejo todo… creyó y obedeció.

A Abraham, le nace el hijo de la promesa, que multiplicarían su descendencia como las estrellas del cielo, y luego Dios se lo pide en sacrificio. Georgina, recibe el “carisma” de engendrar espiritualmente en su corazón una legión de vírgenes consagradas, y Dios le pide el sacrificio de verlas desde lejos que sufren, que trabajan, que triunfan. Y aceptó esta inmolación, convirtiéndose en víctima de amor por la felicidad de sus Hijas y el progreso espiritual y material de su Obra.

La fe, informada por la caridad, produjo en nuestra Santa Madre tres grandes efectos que los podemos comprobar a través de su vida:

1. Amor filial a Dios. 2. Adhesión incondicional al mensaje de Cristo. 3. Correspondencia permanente a la acción del Espíritu Santo.

Su fe fue práctica, dinámica, contagiosa, buscaba siempre la mirada de Dios y su voluntad divina. Vivió la fe pura, desprovista de la propia satisfacción. Pero no se fiaba de sí misma, por eso oraba, consultaba. Una de sus jaculatorias, nos la hacían repetir mucho en el Noviciado: “Sagrado Corazón de Jesús, creo en vuestro amor por mí”. Nuestra Madre creyó en el amor.
HUMILDAD


La Personalidad y la Obra de la Madre Georgina sería un castillo en el aire si no la viéramos cimentada en la humildad esta virtud se percibe en ella desde niña. Dos características modelaron la humildad en esta sencilla Sierva de Dios.
1) La humildad de conocimiento, es decir la convicción profunda de su nada, de sus limitaciones. Todos los talentos que Dios le había encomendado eran para hacerlos producir en beneficio del prójimo. Su dependencia de Dios era absoluta. No puede haber entrega autentica, si no resplandece nuestra dependencia de Dios. Esta actitud se descubre en cada paso de su vida.


2) La humildad de afecto, es decir, sentirse realmente digna de desprecio, de injurias, alegría en la humillación. Esta virtud en un superior es muy difícil, porque se puede enaltecer el respeto a la autoridad, y salir en defensa propia.
Se dice que era muy recta, que exigía mucho. Las Hermanas mayores que la conocieron de veras nos dicen que sus actitudes se armonizaban con la bondad, la gentileza, el respeto. Jamás se le oyó una palabra poco digna.
¿Por qué exigía? Porque su consigna era servir, pero servir bien. Además, como Fundadora estaba construyendo unas bases, estaba preparando un terreno para sembrar la semilla primigenia de una nueva Viña, que necesitaba esmerada vigilancia y solicitud.

ESPERANZA


Toda la vida de la Madre Georgina estuvo animada por esta virtud teologal. Era la constante de su vida, para animar a su amable compañera, la Madre Julia, y a todas las Hermanas, a darse sin medida a la empresa de alabar y glorificar a Dios por todo, en toda circunstancia. Se despojó de todo con decisión, sin dar un paso atrás a pesar de los obstáculos que encontró en su camino. Dios la llamaba a seguir sendas desconocidas, le exigía estar a la escucha, o sea en actitud contemplativa, y tener tiempos fuertes de oración, para acertar a lo más perfecto.



Vivió confiada en la Divina Providencia; basta leer la trayectoria de su vida y de su misión, para deducir que este motor de fuerza sobrenatural la impulsaba a luchar con dinamismo, y, al mismo tiempo, se abandonaba humilde al querer divino. Comprendió que su camino estaba sembrado de espinas. Miraba al cielo a través de sus lágrimas y decía a su querida Hna. Tadea: “Vale la pena esforzarse con la esperanza de poseer a Dios y salvar muchas almas”

Como Abraham, espero contra toda esperanza. En el desprecio y la humillación conservó la serenidad y la paz. Su silencio interior, fue la señal que llegó a dominarse a sí misma, sufrir y callar, actitud en línea recta hacia la inmolación con Cristo. Inmolación alegre y gozosa, con miras a hacer felices a las Hermanas y los enfermos que tuvieron contacto con su deber.

La alegría es fruto de la esperanza. Cualquiera puede pensar que los últimos años de la Madre Georgina, en su pobre casita, fueron vividos en amarga tristeza. No fue así. Tenía muchas y buenas amistades, y con ellas siguió sus actividades apostólicas. De manera especial visitaba a los enfermos con el fin de prepararlos para la muerte, o para animarlos a sufrir sus dolores, aceptando el dolor como expresión de amor al Señor. No se encerró a rumiar su situación de desplazamiento.
CARIDAD Y UNIÓN FRATERNA


La primera llamada de Dios (en 1890) fue a la Vida Contemplativa, en el Convento de las Clarisas, alejada totalmente del mundo, consagrada a la oración, al trabajo y sacrificio por la salvación de la humanidad. Aquí aprendió la ciencia de seguir a Jesús, y de negarse a sí misma. Pero Dios quería prepararla, pues tenía otros designios sobre ella y para muchas almas. Georgina, al pie de la cruz, gime como ave solitaria buscando donde reposar, porque en aquel Convento no podía consagrarse a Dios definitivamente. Oyó otra llamada: ¡Ven y sígueme! Y la llevó a otra morada de almas predilectas, donde su corazón siguió abrasándose en la divina hoguera. Allí encontró a Cristo doliente y entrego su vida, y su amor a la atención esmerada de los enfermos en el Hospital “San Juan de Dios”.

La sabiduría del Maestro divino la guiaba y enseñaba por caminos de obediencia y abnegación. La convivencia fraterna con las religiosas de Sta. Ana se caracterizó por la fe y respeto a la autoridad. Observamos en las crónicas que no dio un paso decisivo en los planes que Dios tenía sobre ella sin el consejo y los permisos necesarios, tanto de la Superiora como de su Director Espiritual: Mons. José Clemente Mejía. Las Hermanas la querían mucho y sufrieron al verla alejarse de su lado. En 1897 La Madre Georgina empieza a oír de lejos otra llamada. Se pone a la escucha, y Dios le muestra otro camino… ¡Sígueme!! ¿A dónde Señor? Jesús le dice: “ven y lo veras”. La Madre Georgina entró en un salón pleno de enfermos del Hospital y cada gemido de dolor le dice: “Quédate con nosotros…, pues será muy grande nuestra soledad… Vuelve a la Capilla y junto a la Madre Julia le dice a Jesús Sacramentado: “No los dejaremos solo, Tu no nos dejaras ir” Acto sublime de caridad, enriquecido con el carisma de Cristo: “dar la vida por la salvación de los hombres”. Amor de inmolación permanente. El amor a Dios y a Cristo doliente la sedujo, y su respuesta a esta llamada fue la de siempre: “Señor, no se haga mi voluntad sino la tuya”.
AMOR A LA CRUZ


“Regocijaos cuando llevéis la cruz con Cristo” (1. Pe.4.13). Sus ansias por seguir a Jesús Crucificado no la detuvieron sino al verse abrazada realmente a la cruz de Cristo Redentor. Para ella la cruz era todo aquello que le molestaba y contrariaba: enfermedades, cansancio, incomodidades, fatigas pobreza… Cruces en su espíritu: Desprendimiento de sí misma, muerte de sus seres queridos, incomprensiones, humillaciones, desprecios, preocupaciones, aceptación de sus propias limitaciones, y las flaquezas de los demás. Esa fue la Cruz de la Madre Georgina, llevada todos los días: la aceptación amorosa a todo lo que se le iba presentando ya previsto o imprevisto. Así pudo decir: “Mi cruz es mi fuerza”.

Su mayor preocupación al regreso al Hospital eran los enfermos. Se levantaba varias veces en la noche a ver si alguno necesitaba un auxilio especial. Los atendía con esmerado cariño a la hora de su muerte. Toda su vida estuvo orientada hacia la llamada de Jesús: NIEGATE. “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mi”. Comprendió que vivir en comunidad, codo a codo, sin negarse a sí misma, era imposible. Es una ilusión pensar que podemos vivir sin sufrir y hacer sufrir, por lo menos inconscientemente. No podemos evitar todos los choques, pues no somos ángeles. La vida religiosa exige renuncia y sacrificio.
SILENCIO Y RECOGIMIENTO


La Madre Georgina fraguó su espíritu en la oración y el silencio. “Que toda carne calle ante la presencia de Dios”. Entrego a Dios sin reservas todas sus potencias y sentidos, para elaborar la miel de la contemplación del SER DIVINO.

Profundizó el sentido del silencio, y aprendió a callar; a imitación de la Santísima Virgen María. No difundió sus penas, y sacrificaba hasta los desahogos legítimos. Jamás permitió que se hablara de sus sufrimientos. Mas, su silencio y recogimiento, no alteraba jamás las reglas de cortesía y amistad a su debido tiempo. Las cartas de sus hermanos dicen que siempre estaba contenta y disfrutaba de la alegre jovialidad natural de la Hna. Tadea, su compañera fiel, quien siempre encontraba motivos para hacerla reír y hacerle llevadera la cruz de la soledad.
PRUDENCIA


La prudencia señala el justo medio a todas las virtudes. La Madre Georgina fue prudente: Dejo normas de cultura y gentileza, en el trato con las personas, especialmente en el trato de las Hermanas entre sí. “Tengan presente que el peligro de faltar dejándose llevar por el mal genio, se encuentra en el trato con las demás personas, para no perder el mérito de las buenas obras y hacer perder a otras personas la paz del corazón, es decir: Sufrir y hacer sufrir”. (N. de S. Pág. 19). Esta virtud resume la vida espiritual de la Madre Georgina.